En el Barcelona, pocos cambios. Luis Enrique optó por su formato más reconocible, sin un solo fichaje en el once, con Mathieu en el lateral izquierdo ante la ausencia de Alba. Con Neymar en busca del dorado oro olímpico, Arda buscó la parte izquierda del tridente, al lado de los temibles Luis Suárez y Messi.

El Barcelona fue sufriendo el desgaste, sin noticias de Messi. Demasiado lento para combinar con precisión, sin aire para buscar el espacio y los desmarques. Vicios típicos de estas alturas de preparación, a lo que se añadía los efectos de la calurosa noche de agosto sevillana.

Los de Luis Enrique no perdonaron en la segunda parte. El Sevilla se desplomó en lo físico y el cuadro catalán apretó y supo marcar con claridad las diferencias. Primero con una soberbia combinación que culminó Luis Suárez, insaciable. Luego, con una magnífica definición de Munir.

 

La idea de Sampaoli era ya historia. El Barcelona, que apenas necesitó a Messi, acabó con el partido haciendo gala de la gran diferencia que existe entre un grande y un proyecto de equipo: la fortaleza en ambas área. Sin ella, conceptos como la posesión pierden importancia.